No existe una espiritualidad auténtica si no se produce en la vida cotidiana: en el supermercado o en la cocina, en los conflictos del día a día… y en las satisfacciones de cada día también.
Existen leyes espirituales universales en las que todos podemos descansar plenamente seguros. La más elevada de todas ellas es la del amor incondicional, que debemos practicar tanto con nosotros mismos como con los demás.
Hay una espiritualidad de todos los instantes, una espiritualidad para todos, que no necesita -aunque tampoco los rechaza- templos, ni lugares sagrados, ni circunstancias particulares para expresarse y vivirse. Ser espiritual se convierte en un estado de conciencia, en una manera de ser a imagen y semejanza del amor incondicional que nos ha dado la vida y nos sostiene en ella para que llenamos de creatividad positiva todas las circunstancias de nuestra vida y de nuestras relaciones.
Nuestra vida es un viaje espiritual de sanación y aprendizaje a niveles emocional, mental y energético. Hasta que elegimos unir esos aspectos de nuestro ser, podemos sentirnos desconectados, separados y confundidos.
Unirlos se logra a través de elegir la plenitud espiritual, la cual es nuestra voluntad de vernos como seres multifacéticos y multidimensionales, y sobre todo seres espirituales teniendo una experiencia humana.






